DÍA V (2)

Terminal de Autobuses SF – 20:41

Dos mujeres afroamericanas discuten a gritos con el oficial de la terminal, el hombre también es afroamericano. La situación es cómica, parece un concurso de sarcasmo algo típico de california, y de amenazas inofensivas que el oficial tolera con una mueca sonriente. La discusión termina con la retirada de las dos mujeres a sus asientos, claro que el tema continúa, pero no más allá de ellas.

El oficial se dirige a los que estamos en la sala de espera, con el mismo tono bromista nos informa la numeración de abordaje y el etiquetado de las maletas.

Un asistente de carga recorre los pasillos y recoleta las maletas que irán documentadas, se detiene y se dirige al hombre junto a mí.

—Señor, permítame su maleta.

—Prefiero llevarla conmigo. —ese hombre se había notado nervioso momento antes, cuando llamaba por teléfono parecía discutir con alguien, me dio la impresión de que estaba por hacer implosión, cada vez que hablaba la tensión en sus palabras parecían comprimirlo. Finalmente colgó y se calmó, pero ahora con el asunto de la maleta volvió a vibrar de ansiedad.

—Es muy grande —su tono es serio.

—Muy bien, pero tenga cuidado con ella. —apenas terminó cuando el asistente jala la maleta y la deja caer en el carro de carga.

Escuche que algo se sacudió y después crujió, no sé si es lo que hay en la maleta o el corazón de aquel hombre, se quedó congelado con la mirada clavada en la maleta llevada por el asistente; sin decir nada se deja caer en la silla con el cuerpo encorvado y mirada al suelo.

Me doy cuenta que en esta ciudad la gente vive como si el mundo pareciera terminar pronto y se apresuran a conseguir un pasaje a la salvación.

Los indigentes o más bien los necrófagos como los bauticé al llegar aquí, deambulan por las calles, hablan solos y maldicen. No me sorprende, son las sombras en el concreto de toda ciudad, ignorados y abandonados. Lo inquietante es que puedes toparte con uno pidiendo un dólar, pero si no lo tienes o no se lo das, su reacción es difícil de predecir, te pueden insultar, gritar y hasta tomar una postura agresiva. Los indigentes a los que estoy acostumbrado piden dinero, la última fumada de tu cigarro, cuidar o lavar un carro y otras formas creativas de ganarse una moneda en un cruce de avenidas; difícilmente atraviesan esa línea y si llega suceder probablemente habría un desquite.

Por las noches este lugar se convierte en una casa del terror.


DAY V (2)

SF Bus Terminal – 20:41

Two African American women argue with the terminal officer, the man is also African American. The situation is comical, it seems a sarcastic competition somewhat typical of California, and harmless threats that the officer tolerates with a grin. The discussion ends with the withdrawal of the two women to their seats, of course the subject continues, but not beyond them.

The officer goes to the ones in the waiting room, with the same joking tone he informs us the numbering of boarding and the labeling of the suitcases.

A freight attendant goes through the aisles and picks up the suitcases that will be documented, he stops and goes to the man next to me.

“Sir, allow me your suitcase.”

“I’d rather take her with me.” -that man had noticed nervous moment before, when he was on the phone he seemed to be arguing with someone, he gave me the impression that he was about to implode, every time he spoke the tension in his words seemed to compress him. Finally he hung up and calmed down, but now with the matter of the suitcase he vibrated again with anxiety.

“It’s very big.” His tone is serious.

“Okay, but be careful” It just ended when the attendant pulls the suitcase and drops it in the freight car.

I heard something shook and then creaked, I do not know if it is what is in the suitcase or the heart of that man, he froze with his eyes on the suitcase carried by the attendant; Without saying anything he falls into the chair with his body hunched over and staring at the floor.

I realize that in this city people live as if the world seems to end soon and they hurry to get a ticket to salvation.

The homeless or rather the ghouls as I baptized them when I came here, wander in the streets, speak alone and curse. Not surprising, are the shadows in the concrete of every city, ignored and abandoned. The unsettling thing is that you can find a homeless asking for a dollar, but if you do not have it or do not give it to him, his reaction is difficult to predict, they can insult you, yell and even take an aggressive stance. The indigent people I’m used to ask for money, the last smoke of your cigar, caring for or washing a car, and other creative ways of earning a dime at a crossroads; They hardly cross that line and if it does happen there would probably be a revenge.

At night this place becomes a house of terror.

 

Dia 5-0167

 

 

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